El Olimpo: Batalla entre dioses y gigantes

El Olimpo: Batalla entre dioses y gigantes

jueves, 22 de enero de 2015

Midas

Midas era un rey de Frigia que contaba en su poder con innumerables tesoros y riquezas. A pesar de ello era ambicioso y codicioso y siempre estaba deseando más y más bienes materiales.
Un dia se encontró a Sileno (sátiro que crió a Dionisio) borracho y perdido en un bosque y  después de agasajarlo con guirnaldas de flores y exquisitos platos culinarios, le acompañó a la comitiva de Dionisio. El dios encantado con la amabilidad de Midas le premió con lo que el rey más deseara, y éste no dudó en solicitar la cualidad de convertir en oro todo lo que tocase. Ansioso por comprobar si su nuevo poder funcionaba realmente, fue rozando las ramitas del bosque, y éstas se convirtieron en oro y cogió piedras del camino, que también se transformaron en pepitas de oro. En su viaje, sus sirvientes fueron recopilando todo aquello que transformaba en oro, pero pronto esta tarea se hizo muy pesada; el caballo que transportaba a Midas se convirtió en una pesada estatua de metal y la cama donde  dormía adquirió el mismo carácter. El rey, no obstante, siguió igual de feliz que siempre.
Al llegar a palacio pidió una suculenta comida y de nuevo quedó encantado al ver que todos los cuencos y copas se convertían en oro, aunque menos regocijo le produjo que lo que intentaba comer dejase de ser alimento  al contacto con sus labios. Tampoco podía beber, pues el agua era hielo, muy valioso pero hielo, y el vino oro líquido.
Pronto la presencia de tanto dorado en su casa dejó de resultarle gratificante. Ver como sus hijos se transformaron en oro al abrazarlos le produjo un gran tormento, y decidió tratar de acabar con su mágica capacidad. Midas fue a visitar a Dionisio, rogándole seriamente que le retirase el poder que antaño le había concedido, el dios criticó el alocado sentir del rey pero de nuevo le concedió el deseo, indicándole que para liberarse del hechizo debía bañarse en las limpias aguas de la fuente de Pactolo.
Midas se dirigió hacia alli recorriendo un largo camino por el que dejó sus huellas doradas. Al llegar a la fuente de heladas aguas, el monarca zambulló todo su cuerpo y el hechizo desapareció. Midas pudo comer y beber y disfrutar de una vida jovial y sencilla como cualquier mortal.

Demasiada había sido la bondad y suerte que Midas había obtenido de Dionisio, y para compensarla, pronto le ocurriría algo que trocaría su afortunado destino. Un día Midas se encontró en un bosque a Pan y Apolo, que discutían sobre qué instrumento era más agradable al oído, si la flauta de caña de Pan o el laud de Apolo. Decidieron que Midas sería el juez en tan melodiosa disputa. Midas que era un poco duro de oído, decidió que Pan emitía la música más suave, y Apolo le castigó dotándole de unas enormes orejas de burro, que Midas pudo ver reflejándose en cada lago que encontraba. En su camino se escondía de los demás, avergonzado de su aspecto. Para esconder sus orejas, empleaba un largo turbante, no sabiendo nadie más que su barbero lo que dicho turbante ocultaba.
El barbero de Midas sabía que no podía contar el secreto, o la ira del rey se descargaría sobre él en forma de muerte, tal y como Midas le había amenazado, pero no pudiendo resistir la tentación, cavó un hoyo en la tierra donde nadie podía oirle y susurró: "Midas tiene orejas de burro". En el hoyo nació pronto una mata de cañas que cuando el viento las movía susuraban: "Midas tiene orejas de burro"